Por: Rómulo Vinueza A.
Nuestro diálogo interior condiciona en gran medida nuestros comportamientos y nuestros resultados. Los condiciona hasta tal punto que es difícil lograr el éxito si no dominamos primero la forma en que nos hablamos a nosotros mismos. Henry Ford decía“Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes, estás en lo cierto”. Tú decides.
Hasta aquí, seguramente estamos de acuerdo porque somos personas que nos preocupamos por nuestro crecimiento personal y profesional y, probablemente, ya hemos identificado en nosotros mismos situaciones en las que nos hablamos mal, nos criticamos y en las que, como consecuencia de ello, obtenemos malos resultados. Piensa en situaciones en las que te has dicho a ti mismo “qué malo eres”, “que tonto soy” o “eres un inútil”. Bien sea en algún deporte, en tu trabajo, en tus estudios o en cualquier otro entorno, seguramente te lo habrás dicho alguna vez.
Ahora la clave está en cómo cambiar nuestro dialogo interior. Este es el quid de la cuestión.
Para esto, tenemos que empezar comprendiendo qué es lo que provoca que comencemos con ese diálogo. ¿Por qué empezamos a tratarnos y a hablarnos mal nosotros mismos? La respuesta la tenemos que buscar en nuestros propios miedos. Desde pequeños, hemos desarrollado dos grandes categorías de miedo: el miedo al fracaso y el miedo al rechazo.
El miedo al fracaso será mayor o menor en función del número de veces que nos haya dicho alguien “eres tonto”, “eres un inútil”, “no eres capaz”, “no sirves para nada”, “eres un fracasado” y otras expresiones parecidas.
El miedo al rechazo ha crecido dentro de nosotros como consecuencia de expresiones como “eso no se hace”, “así no te va a aguantar nadie” o “eso va a enfadar a la gente”.
Lo único que hacemos con nuestro diálogo interior es continuar acrecentando estos miedos y no afrontarlos. Al fin y al cabo es lo normal para nosotros. Nuestras propias exigencias de éxito y aceptación por parte del resto nos hacen actuar como un “controlador interno” férreo que tiene como única responsabilidad asegurarse de que no fracasamos. Este controlador interno tiene buena intención pero nos habla como sabe, como le han enseñado y lo que consigue es ir agravando el problema. El controlador interno se llama miedo.
